martes, 7 de marzo de 2017

Poema: El sexagenario del Barrio de Salamanca



Poema: El sexagenario del Barrio de Salamanca


El sexagenario del barrio de Salamanca atrinchera piedades entre las vértebras que nunca sintieron latir a un corazón. El abarrajado y vetusto encelda sus párpados entre pisadas de odio aguado, que embarran a cualquier tierra libre de la caricia nacida desde el ánima en sí.
El viejo, con las grietas del despotismo en la frente y las luminarias ahorcadas por el fuego de la muerte espiritual incolora, atraviesa su materia vesánica entre los escombros del distrito de Villaverde, donde luceros infantes, abatidos por la hambruna insalivada del miedo, descienden ante la negritud de las pupilas dilatadas, por la perversión más bajuna.
En Villaverde, en la casa huérfana, de aullidos ahogados por la miseria, el sexagenario de Salamanca secuestra al pomo de latón de la habitación de la exigua niña de 11 años, con su cuerpo trémulo rezando a los dioses, para un efugio calumniado por la justicia expatriada de este vil mundo.
El anciano zarpa los senos pétreos que aúllan como bebés gimientes, saborea la piel de la muchacha con sus manos venosas del amor carbonizado, y él, atrapa su semblante impúber con su aliento hediondo de tabaco, alcohol y probidad descepada.
Ella no quiere mirar su rostro, el pavor empapa al cuerpo de la niña, pero tras una puñada que recibe en el pómulo, gira su cabeza hacia el anciano, quien desfleca su ropa con la fuerza de la hombría primigenia, y desnuda, su cuerpo inocente solloza la lágrima de la urea ante el silencio de la herrumbre del alma.
El dolor mana del llanto de la niña, se reseca su voz, y el verbo atezado escupe a sus labios como páramos cercados por las cordilleras negras, las sonorizadas por el cielo grisáceo de la sinrazón.
La nena abre la boca y el viejo micciona en ella. El líquido luciferino es la dehiscencia de la calzada del suicidio, y cuando la rapaza, con la llantina iluminando a la saliva, succiona el bálano de la canicie, ante las risas dementes del senil, el antediluviano hace arder al viento y arroja su simiente lactosa en sus ojos, con la sangre virginal asesinada, fugando su vergüenza, entre las sábanas blancas del mutismo divinal.
El sexagenario del barrio de Salamanca incrusta sus dedos amarillos por la rajadura del gruñido invisible, y después, perfora su ano, mientras la faz de la cría se enciende de rojo corinto, y la respiración, es un carro convulso recorriendo rutas escarpadas que han amordazado a toda respuesta.
Con la profanación del cuerpo párvulo, el vejestorio babea en el pelo exudado de la muchacha, esa chica atrancada en las sílabas del jadeo azarado.
La sevicia sombrea a una capital, en isócrono, con la omisión de una sociedad enferma: la madrileña. El sexagenario de Salamanca prosigue sus trancadas de sombras y sus raptos de pitusas, rozadura de indigencia, proverbio de marginación; y la niña de Villaverde, que soñaba con el niño de su vida, es ahora barro viviente, que extiende su pateada, como una tumba andante, que sigue en los cementerios, para el resto de los mortales.

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